miércoles, 14 de agosto de 2013

Reencuentro

Fui a la muestra de Yayoi Kusama hace unas semanas.
Me maree. Tuve nauseas. Quise golpear a algunas personas que sacaban fotos frenéticamente sin mirar lo que tenían enfrente.
Me gustó, claro. Aunque quisiera poder disfrutar más del espacio. Con menos ruido, con menos gente. Con más tiempo para quedarte pensando ahí, con esas bombas que la japonesa pintó, qué le pasaba, qué sintió, qué me ocurre con eso.
Pero lo que pasó, o dentro de lo que pasó lo que me pone a escribir esto, es que no pude dejar de pensar en Louise Bourgeois. En las ganas, cuando no necesidad, de que su muestra vuelva. En volver a pararme debajo de esa araña enorme, preñada, oscura y absoluta.
Y entonces pensar por qué Kusama me lleva a Bourgeois. Más allá de lo femenino, lo tortuoso, lo referente a la locura y al sufrimiento. O precisamente por todo eso.
Y pensar a Bourgeois, reencontrarme, amarla fuerte de nuevo y meterme un poco en su universo laberíntico y creativo y hermoso, y lleno de dolor y de arte para atravesarlo.





sábado, 10 de agosto de 2013

Mi nombre



Le digo que Lhasa me lleva a un lugar de tristeza, pero hermoso. Que me interpela.
Él me cuenta cómo la conoció. Yo no lo conozco, no más allá de letras uniformes, no más allá de 5 minutos en un lugar con ruido y gente que sube y que baja.
Dice dos cosas, o algunas más, y siento algo del reconocimiento y siento que entiende algo de mí.
Yo misma entiendo ahora cosas de mí. Cosas no dichas, ocultas en algún lado. Detrás de la entrega absoluta que no quiero que ocurra de nuevo. No así.
Llego a un lugar nuevo. Y estoy yo, el espacio, el mío. El espacio que es esta mesa, una cama, libros, discos, fotos. El espacio que soy yo misma, mi nombre, y la posibilidad de que eso exista y se reinvente.

lunes, 5 de agosto de 2013

Herencia


Mi abuelo Arturo sacaba fotos. De su familia, de incendios, de desfiles militares, del campo, de cosas que le gustaban. Nunca lo conocí. Se fue 6 años antes de que alguien siquiera pensara que yo podría existir. Pero la sangre y el amor por la fotografía nos unen para siempre. Aunque nunca jugamos juntos, aunque nunca me abrazó, aunque no conocí su voz. El inconsciente existe.
Y ese camino del inconsciente aparece acá. 
Mi hermana me llamó por teléfono un día para contarme que Juan saca fotos. Pero saca fotos "como vos", me dijo. Mirando como vos. No por la pantalla, pone el ojo en visor, pero abre el otro para ver. Le saca fotos a su padre y a su hermano cuando duermen. Y dice "foto, Agu" cuando le pregunto qué está haciendo.
Y ahí estoy yo, pero sobre todo, y lo que me hace profundamente feliz, está él mirándome a mí cuando miro a través del lente.